El primer paso: Empaque de alimentos
Todo comienza en el sector primario, donde la pureza es fundamental. Las bolsas utilizadas para empacar alimentos frescos, como carnes o verduras, están hechas de material virgen.
Esto garantiza que no haya contaminantes en contacto con lo que vamos a comer, cumpliendo con los estándares más estrictos de higiene y seguridad alimentaria.
Bolsas de comercio y tiendas
Una vez que los productos salen de su origen, pasan a las bolsas de polietileno que vemos en los supermercados. Estas son diseñadas para ser resistentes y ligeras a la vez.
Su función principal es facilitar el transporte de nuestras compras diarias de forma cómoda, soportando el peso necesario sin comprometer la integridad del empaque.
El uso secundario en el hogar
Después de cumplir su función en la tienda, muchas de estas bolsas tienen una segunda vida en casa. Las solemos usar para guardar otros objetos, proteger ropa o incluso para organizar la alacena.
Es aquí donde la bolsa demuestra su gran versatilidad y durabilidad, extendiendo su utilidad mucho más allá de su primer propósito de transporte.
El proceso de transformación y recuperado
Cuando una bolsa termina su vida útil inicial, entra en el proceso de reciclaje. El plástico se recolecta, se limpia y se funde para crear pellets de material recuperado.
Este material ya no es apto para contacto directo con comida debido a las normativas de seguridad, pero es el insumo perfecto para fabricar nuevos productos industriales de alta resistencia.
El último destino: La bolsa de aseo
Finalmente, ese material recuperado se convierte en las bolsas negras o de colores que usamos para la basura. Al ser hechas de plástico reciclado, cerramos un ciclo de aprovechamiento.
Es el último uso antes de que el material cumpla su ciclo definitivo en el sistema de desechos, representando un modelo eficiente de economía circular en la industria de empaques.

